Lecciones que aprendí siendo profesora particular.

Querido sobrino:

Mi primer trabajo “de verdad” lo conseguí en septiembre de 2018. Por aquel entonces, me daba bastante miedo presentarme a una entrevista. De hecho, a veces entraba en pánico y a pesar de haber llegado hasta la puerta del edificio, me daba media vuelta y volvía a casa con lágrimas en los ojos.

Pero antes de todo eso, antes incluso de haber empezado este blog, fui profesora particular. Y lo sigo siendo.  Esta es la razón por la que algunos amigos me sugieren estudiar Magisterio como una de mis opciones posibles. (ESPERA : ¿TÚ NO ESTABAS ESTUDIANDO FÍSICA? Ay, en fin, ha pasado mucho desde que escribí la entrada de mi pasión por la ciencia. Una pasión que poco a poco se ha ido suavizando hasta ahora convertirse en una curiosidad, un hobby de vez en cuando, pero no una búsqueda de una profesión. Ya no.) Seguir leyendo “Lecciones que aprendí siendo profesora particular.”

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Pianista (Your Lie in April reseña)

Compruebo que el asiento se acomoda a mi postura, que me entiende, veo la pantalla en blanco delante de mí. Sé que algo nuevo está a punto de comenzar. Las teclas de mi ordenador, de mi máquina de escribir, están allí, perfectamente limpias y dispuestas para ser tocadas por una mano amateur. Mis dedos se elevan, y como si se tratara de un pianista, las voy tocando suavemente, produciendo un murmullo monótono pero constante. Antes de darme cuenta, me he convertido en melodía; esta es una que no puede ser oída, sino imaginada por quien la lee. Puedo tocar más deprisa, e ir rápida, valiente y traviesa, saltando de letra en letra, marcando el ritmo y la rima que llega. Puedo también puedo ser lenta y perezosa, ser como el murmullo del agua que atraviesa una fuente en una cálida tarde de verano… Puedo detenerme. O ser un silencio redondo.

Sin embargo, a pesar de la habilidad que pueda tener (o no) con las palabras, la música las trasciende.

Hoy te traigo mi historia con la música, aunque si vienes por la reseña de Your lie in April, puedes avanzar hasta donde veas la imagen.

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Hablemos.

Querido sobrino:

Hablemos de las nubes, de su forma volátil, de su blancura… hablemos de la primavera que ha venido de paso por la ciudad de Madrid y se aloja cerca del Retiro, hablemos de las luces de las farolas que se extienden en todas direcciones y rebotan innumerables veces hasta que mis ojos pueden ver tu rostro moreno, así como tu media sonrisa. Hablemos de caos, de movimiento, de libertad y de tantos conceptos abstractos que se refugian en lo palpable, en los sentidos y en las emociones. Porque… ¿qué es la libertad sin las palabras dichas a coro, esas palabras sedientas de justicia?¿qué es la libertad sin el roce seguro de los dedos de la persona que quieres, independientemente de su género?

Hablemos de incertidumbre, de angustias, de los horrores de la juventud, de todo este revoltijo de nuevas  experiencias en estos años, pero hablemos también de esperanza y de ilusiones, justo antes de que el cántaro reviente contra el suelo. Hablemos, por último, de expectativas, de filtros, de aquello que no se nos permite hablar, de rebeldía, de tristeza, de injusticias… hablemos de todo lo que se nos ocurra, pero hablemos.

Desde hace algunos meses, siento que este blog nunca cumplió su objetivo principal, que era el de contarte mis experiencias a lo largo de mi nueva vida adulta, para que de alguna manera u otra, no solo te sirviera de entretenimiento, sino que pudieras aprender conmigo y no repitieras con tanta mala pata los errores que yo ahora mismo estoy cometiendo, aunque por supuesto, los cometerás, de la manera más ridícula posible. El mundo se te echará encima como si de repente llevaras una mochila con 6* 10^24 kg, te echarás las manos a la cabeza y tu vista se nublará a medida que la cerveza se cuele por tus venas. Sí, cometerás errores… pero depende de ti si haces algo por solucionarlos, intentarlo al menos, aunque no funcione.

Sin embargo, y a pesar de tener apenas 20 años, me siento delante de las teclas del ordenador e intento escribir como una persona experimentada, cuidando los verbos, los adjetivos, con la misma delicadeza que al regar un bonsai, para que no se me pueda malinterpretar, para no ser una mala influencia sobre tu desarrollo. Que no te “tuerzas” demasiado del camino que te ha sido dado. Intento ocultar mis defectos, que harían que cualquiera no me resultara soportable en su vida. Intento ocultar mis debilidades y mis errores, como si eso hiciera que no estuvieran allí, me escondo con ellos debajo de la alfombra… pero luego vengo aquí a hablarte de Historia, de Física, y me explico lo mejor que puedo. Pero no quiero que esto sea solo un blog de divulgación, un sitio plenamente educativo, pues eso no es lo que busco. Lo que realmente quiero es conectar contigo y con todos mis lectores a un nivel más profundo, y, como vi en una de mis charlas favoritas de TED, The Power of Vulnerability:

“Para conectar [con los demás], necesitamos que nos vean, que realmente nos vean.”

-Brené Brown

Siempre he tenido de máxima ser totalmente sincera con mis asuntos. Si me preguntaras por algún evento, por muy incómoda que me sintiera, me siento en la obligación de contarlo, es más, a veces tengo la sensación de no poder mantener secretos conmigo misma, ya que aquello que se guarda en la mente termina por desaparecer, pero las historias, el poder de las historias… hace de los recuerdos inmortales, conecta a los seres humanos y los llena de empatía. Por eso nos gustan tanto las películas, los libros, las series de televisión…

 Sin embargo, cuando se trata de personas reales con vidas reales y se meten en el mundo de Internet ¿qué cosas se deberían guardar en el cajoncito de “la vida privada” y qué cosas compartir con el mundo entero? Personalmente, no lo sé; sin embargo, he llegado a la conclusión de que, si, mis dedos bailan solos y quieren ser libres, que lo sean, si siento que de verdad quiero compartir algo, nadie tendría por qué decirme que no lo haga (a menos claro que perjudique a mi seguridad o a las de otras personas), pero que si quiero guardar algo para mí misma, tampoco se me tiene por qué exigir la continuación de mis historias.

Ha pasado mucho en los últimos dos años desde que terminé bachillerato, y es cierto que solo conoces el 1% de esa historia, me gustaría realmente escribir sobre ella, pero todo a su tiempo.

Te quiere,

La tía Edé

 

El nacimiento de una estrella.

Querido sobrino:

Esta es una historia que se me ocurrió un cuatro de julio de 2017. Ese día apareció una estrella más en mi cielo. Me encantaría recordarla contigo:


Quiero que cierres los ojos y escuches mi voz, suave, serena, y quiero que poco a poco te vayas relajando cada vez más mientras te doy el masaje. Voy a contarte una historia. La historia de cómo nacen las estrellas. Seguir leyendo “El nacimiento de una estrella.”

Feliz cumpleaños. Especial 6 años

Querido sobrino:

No puedo creer que ya estés tan grande. No puedo creer que lleve casi dos años con este proyecto, aunque no he escrito tanto como me gustaría.

Me he perdido otro cumpleaños más, aunque llegué a hablar contigo por teléfono unos 5 minutos. Estando tan lejos es difícil saber cómo te estás criando, cómo se va desarrollando tu personalidad y qué nuevos pensamientos pasan por esa cabecita, cada vez más consciente del mundo que te rodea.

Ahora, que tienes 6, se van a quedar grabadas en tu memoria unas cuantas escenas, que conservarás durante mucho tiempo. Uno de mis primeros recuerdos se remonta hasta la graduación de Infantil. Me acuerdo estar en el salón de clases, nuestra promoción se llamaba las “Estrellitas de la Paz” y nos acompañaban nuestras madres, aunque no recuerdo exactamente qué hacía la mía en ese momento. La madre de Giuliano, un compañero de clase, estaba colocándole la mini toga y el mini birrete azul que nos habían hecho. Nos llevaron al parque en frente del colegio. Cuando cierro los ojos puedo moverme perfectamente por él y por todo el colegio en realidad. Cada uno de los salones y el cuarto piso. En segundo o tercero de primaria construyeron el quinto. Y también me acuerdo de él. Las carreras, cuando saltábamos a la cuerda, los cuchicheos de las chicas, las bromas de los chicos, a las profesoras y su mandil verde y naranja.

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El parque de en frente tenía varias callecitas que se encontraban en una mini capilla donde había una Virgen. Cuando había algún temblor o terremoto, todos nos dirigíamos corriendo por las escaleras hasta salir del edificio y llegar a ella. Era como si en cierta manera, esa estatuilla de cerámica nos fuera a proteger. Todo era pequeño, y al mismo tiempo, enorme. Irme caminando dos cuadras más allá, intentando llegar al mercado, me parecía toda una travesía. Y sin embargo, era mi mundo. No parecía haber nada más allá de unas 10 calles a la redonda de mi casa.

Cuando subía al autobús con mi abuela, nos íbamos a Plaza San Miguel, que era donde antes vivía uno de mis tíos. Pero para mí, subirme al autobús era como si me teletransportara porque siempre estaba hablando con la abuela o mirando el cielo desde la ventana. Los edificios me daban igual. Todos eran iguales. Simplemente, dejaba que mi mirada se fuera hacia ese cielo gris de invierno y ese cielo celeste de verano. A veces más, a veces menos, pero en media hora podíamos llegar a casi cualquier sitio. Y me encontraba en el Centro de Lima, o en la casa de la abuela Victoria (que, por cierto, sigue viva a sus noventa y pico años) o en la casa de tu mamá. Pero mi hogar, durante los primeros años de mi vida eran esas manzanas que estaban desde  Av. Cueva con La Mar hasta la Av. Bolivar. Un pequeño barrio de Pueblo Libre, al fin y al cabo. El resto de distritos eran como mundos nuevos por explorar que me encantaban… pero no fue hasta que mi abuela se mudó que empecé a ver mi hogar como varios sitios a la vez. Ya no solo conocía mi barrio: estaba Plaza San Miguel, el instituto donde hice primero de secundaria, las casas de mis amigas, las casas de mis tíos y el mercado Magdalena, entre otros sitios.

Mi vida, al fin y al cabo, es una serie de anécdotas y de risas y llantos que suben y bajan en una gráfica, pero lo curioso es que, hasta que no cumplí los 18, no me sentí dueña de esta mi vida. Era como vivirlo todo en tercera persona. Nos cambiábamos de casa, me compraban cosas, me llegaban las notas en la libreta y cada vez la emoción de la familia fue disminuyendo hasta ser como una cosa común eso de “traer veintes a casa”, me daban de comer, me sacaban a pasear, me hacían reír… Era feliz, sí, pero no era libre todavía. Supongo que a todos nos pasa lo mismo.18685740_10209590549060651_1566880272_n

Pero yo no me mudé, no comía, no paseaba, no me reía… activamente, quiero decir. Y todo ese tiempo que malgasté en sentir que todo lo que pasaba en mi vida eran cosas externas a mí… que yo no participaba de eso, que era “lo que me había tocado” Ojalá no hubiera sido así. Pero ahora cada vez que como, cada vez que me río, que escucho una canción, intento sentir cada uno de esos procesos de la manera más intensa posible y de cierta forma, crear mi propia realidad a partir de ahí.

Puedes hacerlo tú también, cariño. La mayoría de las cosas que ocurren a partir de cierta edad, dependen de ti y si no dependen, tu actitud hacia ellas, cómo las quieres recordar, sí lo hace. Y marca una gran diferencia.

Feliz cumpleaños número 6, sobrino. La película de tu vida empieza ahora.

Te quiere,

La Tía Edé.